lunes, 2 de mayo de 2011

Salida a la montaña (28-4-2011)



Eran las 11`30h. cuando estábamos en la puerta del polideportivo esperando a los chicos de Educación Física para emprender la gran aventura de este cuatrimestre.
Por una llamada a Alejandro, pudimos saber que la cita era más adelante, en el Pabellón del Val. Sí, digo por una llamada, porque Alejandro no pudo disfrutar de esta experiencia, el deber le obligaba a permanecer dando clase en la facultad. Lo sentimos mucho, porque nos hubiera gustado tanto verle en chándal sudando hasta alcanzar la cima junto a nosotros..

Los gimnásticos nos enseñaron a utilizar la brújula en un mapa, me pareció genial, lástima que luego no la utilizáramos en todo el camino.
Emprendimos la marcha campo a través, y pronto nos encontramos con el primer desafío, había que cruzar el río Henares, por eso nos habían pedido que lleváramos zapatillas de plástico. A alguien oí decir que más adelante había un puente, pero yo no deseaba destacar ante los demás, ni truncar mis nuevos propósitos en los que tengo prohibida la expresión “no puedo”.
Teníamos que cruzar el río pisando sobre un estrecho camino de cemento, de lado para evitar escurrirnos. Las vistas eran maravillosas: de frente teníamos una hermosa poza cuyo fondo no se podía vislumbrar, y de espaldas corría gran cantidad de agua.
Justo cuando estaba a la mitad de camino, oí decir al profesor de los gimnásticos que “la poza tenía muchos metros de profundidad” e inquirió a sus discípulos si nos habían preguntado “si sabíamos nadar”. La palabra “profundidad” me truncó la valentía que llevaba hasta ese momento, mi corazón comenzó a palpitar a toda prisa y mis pensamientos se volvieron grises. Ignoraba qué sería mejor si caer en la poza o de espaldas a la gran corriente. Todavía sentí más indefensión cuando comprobé que mi compañera de camino cada vez se alejaba más de mí, ya tenía tres ángulos vacíos, y yo allí en medio de la inmensidad.
Tragué saliva y traté de ordenar mis emociones, estaba a punto de perder los nervios y eso no podía consentirlo. Entonces, miré hacia mi izquierda y me encontré a Mariano. Con toda la calma que pude, le expliqué que tenía hidrofobia y que, por favor, me diera la mano para darme seguridad, a ver si así podía avanzar y no se notaba lo que me estaba pasándo. Pero claro, tan lenta iba que terminó enterándose todo el mundo. Bueno, lo importante es que pude llegar al otro extremo del río, por supuesto, gracias al aliento y paciencia de Mariano.
Luego, poco a poco fuimos subiendo la montaña, decían los gimnásticos que era el camino más duro y que era la primera vez que subían por allí.
Nos encontramos con hierbas y flores curiosas como la cicuta, planta extremadamente venenosa. También con gran cantidad de espigas, que a mí me sirvieron para agarrarme cuando temía perder el equilibrio, dada la pendiente tan escarpada y gravosa. En una de las ocasiones, las espigas cedieron y justo cuando iba a caer por una importante ladera, un gimnástico me agarró del brazo.
Una vez arriba, coincidimos con los otros grupos y aprovechamos para hacernos algunas fotos y beber agua. El camino de regreso resultó ser más suave y tranquilo, dado que la pendiente la fuimos bajando por un ancho camino que nos permitió distribuirnos en subgrupos de tres y cuatro personas, y charlar distendidamente.
Cuando vislumbré el río, sentí cierta congoja pero me dije a mí misma que “si había sido capaz de cruzarlo una vez, me atrevería a cruzarlo de nuevo”.
Una vez junto al río, el profesor de los gimnásticos nos propuso dos opciones para cruzarlo: regresar por el mismo camino que en la ida, o bien, tomar uno nuevo que sería más corto pero más peligroso. Mariano opinaba que sería interesante conocer una nueva perspectiva, yo estaba de acuerdo, pero si aún era más peligroso este camino..
Casi todo el mundo regresó por el camino ya conocido, unos pocos volvimos por el nuevo. Yo me preguntaba hasta donde llegaba mi osadía, pero decidí no machacarme y cambié de pensamiento. Me puse a buscar tierra firme en caso de soltarme del árbol y caer en la corriente, en el comienzo de este camino había como un metro de profundidad y no podíamos levantar el pié del suelo más de un centímetro. Una vez superado el tramo malo, respiré feliz, lo había superado. Pedí que nos hicieran una foto, aquel momento tenía que quedar registrado.
La imagen guardada en mi retina de las tierras movedizas donde caí de pequeña se difuminaba ahora para dar paso a una imagen de agua que corre sin mayor envergadura.
Gracias al Plan Bolonia que nos interrelaciona con otras universidades, gracias a Alejandro que nos embauca en estas experiencias, y gracias a mis compañeros y compañeras de excursión, hoy he podido relatar esta salida a la montaña que me permitió superar un miedo y descubrir el origen del mismo.
Ese temor, ese sentimiento desagradable que tantas veces me había dificultado la respiración y me había obligado a ponerme la mano en la garganta buscando seguridad ante semejante angustia, ahora tenía una explicación.
Cuando tenía dos años, mis padres y mis tíos me llevaron a ver los campos de viñas que tenían en Valdepeñas, en un descuido, yo me solté de la mano de mi madre y andando entre las cepas caí a una zona de lodo, de tierras movedizas que me iban absorbiendo, ante mis gritos y sollozos acudió mi tío que me sacó en volandas cuando el barro me llegaba por la cintura, pero la sensación de no pisar fondo y de hundirme cada vez más nunca la olvidé, traduciéndose en mi subconsciente como un peligro ante aguas profundas. De ahí que yo siempre decía que tenía hidrofobia y que no me tocasen cuando estaba dentro del agua, ahora lo entiendo, lástima que hayan tenido que pasar cuarenta años para descubrirlo.

1 comentario:

  1. Hola Rosa!!!

    Ha sido genial compartir contigo esta excursión. Piensa que los miedos siempre se pueden aprender a superarlos. Un besote.

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