A veces nos suceden cosas tan extrañas que ignoramos si han sucedido al azar o bien estaban premeditadas de antemano, para simplemente dejarnos en evidencia o bien para estudiar nuestra reacción.
Resulta que el otro día, estando en clase, nos comenta el profesor que ya está puesto el listado para realizar una determinada actividad, entonces yo le pregunto a mi compañera de mesa por las fechas, pues me había sido imposible verlas on line, cuál es mi sorpresa, e imagino que también la de mi vecina, cuándo nos dice, con mandíbula prominente y ojos fieros: “si es tan importante lo que estáis hablando os invito a marcharos fuera de clase”.
Es preciso tener en cuenta que ambas solemos asistir a clase, atendemos y participamos con gusto.
Por supuesto, el docente no tiene bola de cristal para saber si lo que hablábamos era contenido de la propia asignatura o de tipo extraescolar, sí, menciono a la escuela porque me sentí como una escolar de primaria cuando la pillan copiando en un examen.
Además, el docente con mirada fija nos instó a que le respondiéramos si íbamos a parar ya, qué mal me sentí, parecía que aquello no terminaría nunca. Escasa gana me quedó después de pronunciar palabra. Creo que la experiencia me ha turbado hasta el punto de la desmotivación y el desinterés por esta asignatura. Confío en que se me pase, más que nada porque me resultaría incomodísimo permanecer en una clase en la que no me siento miembro y parte de la misma.
Ahora me pregunto, ¿es lo mismo predicar que dar trigo?, ¿controlamos las emociones cuando sentimos que no nos escuchan?, ¿el afán de poder nos desborda?, ¿tratamos a todos por igual?.
Quizá podríamos hablar de conflicto, cuando la situación no se controla vence la impulsividad cargada de rabia. En esos momentos es importante ponerte en el lugar del otro, pero…qué importa si el alumno lleva metido en la jaula varias horas y mucho menos interesa lo que esté tratando. Disciplina, disciplinae que eso será hoy y siempre.
Por el contrario, a mi me dio tiempo a concientizar en lo adecuado y frenar mi sentimiento de rabia, podía justificarme explicando que era contenido de clase y además referido a lo que acababa de decir el profesor, pero ya daba igual, la decepción me había superado, cualquier tipo de habilidad social para soslayar el incidente se había disipado. No me quedaban ganas de redireccionar mis sentimientos ni la perspectiva del docente. Fue la clase más larga de mi vida y más fatua, pues todo lo que escuché a partir de ese momento me pareció una burda pantomima.
Bien lo canta Aute: “todo en la vida es cine y los sueños, cine son”.
Me acuerdo de la reflexión de una compañera que manifestaba la importancia del profesor para guiar en el desarrollo del alumno sin que se descentre, lástima que en ocasiones uno no pueda ampliar la perspectiva y verla desde distintos ángulos para regresar al epicentro del contexto. Me temo que el disgusto me va a tener a la deriva varios días.
Quizá necesite entender matices que en ese momento me parecieron injustos.